No Hables · Temporada 3 · Episodio 10
Son 40 años: un amor de hace 40 años y un amanecer en Ruitoque
Segundo episodio de la serie «Son 40 años», grabado el 21 de enero de 2026 desde un mirador urbano de Bucaramanga. Hablo de un amor de hace 40 años, sin nombres ni fechas: por qué los amores no se clasifican, el tiempo lineal frente al tiempo circular, Florentino Ariza y el amor de los tiempos del cólera, los amaneceres sobre Ruitoque y los cielos de las acuarelas del maestro Enrique Quiroga en la facultad de arquitectura. Cierro con una invitación: que quien conozca a la persona de esta historia le cuente que existe este programa.
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Capítulos
- 00:29Hoy hace 40 años me enamoré
- 03:19Sin nombres ni fechas: no es una novela
- 04:08¿Cuántas veces nos enamoramos? Clasificar los amores
- 07:16Florentino Ariza y el amor dilatado en el tiempo
- 08:03Tiempo lineal y tiempo circular
- 11:45Amaneceres, morados y las acuarelas de Enrique Quiroga
- 13:09Ruitoque: la carretera, la meseta y el Festival del Viento
- 18:21Un mensaje para ella
Resumen
Grabado el 21 de enero de 2026 desde un mirador urbano de Bucaramanga. Un relato sin nombres ni fechas sobre un amor de hace 40 años: por qué no se pueden clasificar los amores, el tiempo lineal frente al circular, los amaneceres en Ruitoque y su relación con las acuarelas del maestro Enrique Quiroga, y una invitación final a quien conozca a la persona de esta historia.
Temas
- El amor y la manía de clasificarlo («primer amor»).
- Florentino Ariza y «El amor en los tiempos del cólera».
- Tiempo lineal, tiempo circular.
- Ruitoque: la meseta, la carretera y el paisaje de Bucaramanga.
- Los cielos de las acuarelas de Enrique Quiroga.
Transcripción
Texto editado a partir de la transcripción automática y revisado por el autor.
Hoy hace 40 años me enamoré
No hables para que me escuches, el podcast.
Buenas tardes. Hoy es 21 de enero de 2026 y estamos nuevamente acá. Continúo con lo que les comenté en nuestro programa anterior, el episodio 9 de esta serie llamada «Son 40 años». Hoy voy a comentarles que hace 40 años me enamoré. Pero esto no es el relato de una historia de amor cargada de esos matices que muchas veces los escritores utilizan para dar un ambiente novelesco y hacer de esa producción literaria un insumo que guste, que llame la atención de quien lo lee.
Sin nombres ni fechas: no es una novela
Porque en últimas un texto, un cuento o cualquier otra expresión se elabora con lo que el escritor desea transmitir, independientemente de que el resultado final sea o no del agrado. Muchas veces se hace como una búsqueda de un género existente o de una nueva técnica que el artista quiere divulgar. Entonces la novela, o el «novelón», en últimas no es lo que se propuso el escritor hacerle llegar a la gente, sino lo que él sintió y quiso transmitir, independientemente de la forma como lo haya hecho. Por eso el resultado final tampoco lo puede conocer en el momento de su creación.
Es por eso que no sé finalmente qué resultado tenga este relato, o esta charla, pero lo que sí les puedo decir es que no lo hago con nombres ni con fechas, porque no es una novela ni busco que sea un novelón. Es simplemente una situación, algo que me pasó hace 40 años: haberme enamorado.
¿Cuántas veces nos enamoramos? Clasificar los amores
Cuando uno dice «me enamoré», muchas veces tratan de buscarle un perfil: ¿cuántas veces se ha enamorado en la vida?, ¿cuántas de esas veces ese amor ha sido más especial o menos especial que otros? Es decir, subdividirlos, darles clasificación y valoración. Los amores de la adolescencia no serían tan significativos como los de la juventud, podría decirse. Entonces: ¿cuántos amores tuve en la adolescencia?, ¿de esos tres, cuál fue más importante que el otro? De esto no se trata.
Les cuento esta clasificación porque, si la gente lo tiene muy claro al decirle «mi primer amor», ese es el que se lleva el éxito. Si usted dice que este no fue su primer amor, automáticamente le dan una ponderación no tan exitosa. No quiero que me clasifiquen este amor que les voy a contar. No fue mi primer amor, porque cada amor, en últimas, podía entenderse como el primero. En unos se descubren unas cosas, se viven otras de manera diferente. Si usted vive este amor a otra edad, en otra ciudad o con otro contexto, es muy complejo hablar de amor y hablar de clasificaciones.
Lo cierto de hace 40 años y de ese amor es que muchas de las cosas que aprendí y que recuerdo fueron, además de especiales, las necesarias, las que tenían que pasarme. El amor no llega solo, eso es claro, pero cuando no se viven esas cosas en su momento, digamos que el amor se va represando de cosas.
Florentino Ariza y el amor dilatado en el tiempo
Podríamos recordar un poquito lo que le pasó a Florentino Ariza en «El amor en los tiempos del cólera», con su amor dilatado en el tiempo, en la edad. Pero también hay amores muy fugaces, que pasan muy rápido, y no por eso quiere decir que no dejaron huella. Podemos concluir que lo que le pasa a uno es justo lo que necesita, cuando uno lo observa desde ese punto de vista.
Tiempo lineal y tiempo circular
Si ponemos el tiempo lineal en perspectiva, le quitamos un poquito lo que siempre nos han vendido y pensamos en la idea del tiempo circular. Con la edad uno puede ver las experiencias de vida en relación con el amor, con los diferentes tipos de amor. Pero si lo aplicamos en la lógica del tiempo circular, nos damos cuenta de que el amor es constante, y el sentimiento del amor es el que en cada momento de la vida, en el tiempo de uno, sigue siendo amor. Es la sensación. Por eso cada vez que llega un amor es importante: es el que tenía que llegar en ese preciso momento.
Tenemos hoy en nuestro estudio de grabación, sin blindaje, sin acústica, como decíamos el año pasado, el año antepasado, sin efectos, el ruido de la moto, el ruido del perro. Falta el del timbre. Pero hoy he preferido hacer este programa un poquito al aire libre, desde el mirador urbano.
Amaneceres, morados y las acuarelas de Enrique Quiroga
Cuando conocí a esa persona, a ese amor, hace 40 años, sentí que quizás nunca podría llegar a ser. Había una dificultad, había algo que tenía que vencer. Y lo hice. Ahí es el aprendizaje. Conocí muchas manifestaciones que antes no había sentido. Suena muy cliché, pero tenía 17 años. Cuando cumplí 18, en el año 86, y era mayor de edad, no era una persona que hubiera recorrido mucha vida como para tener bastantes referentes en relación con el amor. Esas cosas que le pasaban a uno eran las primeras, eran originales. Cambiaría la palabra: más bien auténticas. O simplemente únicas. Y quizás por eso fueron muy especiales.
Ver un amanecer es muy de las películas, al igual que los atardeceres. Pero sentir ese amanecer, esos colores, esos morados, esos lilas, que coincidían con los cielos que por ese entonces yo estaba aprendiendo a dibujar en la facultad de arquitectura, utilizando los recursos de una acuarela del maestro Enrique Quiroga, a quien cito en este programa por ser para mí un acuarelista muy bueno, de un enorme talento para proyectar y visualizar proyectos arquitectónicos en perspectiva.
No fue sirena, ni tampoco estamos en La Meca, pero ahí sonó algo, como diría la hora de rezar. Bien: los dos paralelos, los cielos de Quiroga y los amaneceres de pareja, en Ruitoque.
Ruitoque: la carretera, la meseta y el Festival del Viento
La carretera que se conoce para ir a Ruitoque. Últimamente las personas han encontrado algo que siempre les hago caer en cuenta: no hay Ruitoque bajo ni Ruitoque alto. Y para los que me escuchan y no viven en Bucaramanga y no saben qué es Ruitoque: es una meseta que es borde, o límite, digámoslo así, del perímetro del casco urbano, del área metropolitana de Bucaramanga. Bordea el municipio de Floridablanca, Girón y, en cierta forma, Piedecuesta.
Ahorita no tengo con exactitud la altura de la meseta, pero no debe ser más de unos 300 metros sobre la cota promedio de Bucaramanga, que podríamos decir que es la 990, entonces posiblemente la parte más alta de Ruitoque podría tener 1.200 o 1.300 metros. Pero Ruitoque, para ustedes que no lo conocen, tiene un valor agregado paisajístico muy importante: cómo se observa la ciudad de Bucaramanga desde ese punto.
Esos terrenos fueron adquiridos por unos gestores inmobiliarios, uno en particular, y posteriormente se desarrolló, o se está desarrollando, hace 30 años o un poco más, un proyecto de condominio de vivienda, multifamiliar. Antes de ser lo que ahorita conocen como un barrio, un condominio, una zonificación de viviendas de un determinado estrato y una tipología arquitectónica, eran unos terrenos baldíos donde usted podía ir a estar, a comunicarse con la naturaleza, a mirar el amanecer, a mirar el atardecer y, claro, a tener mucha suerte para que no lo robaran en un determinado momento o lo confundieran con alguien en particular.
Eran lotes baldíos donde se celebraban unos festivales que llamaban el Festival del Viento, y quizás por su condición de salto al vacío, hoy una parte de Ruitoque es utilizada como botadero para parapentistas. Ese es el Ruitoque de toda la vida. No es Ruitoque alto: Ruitoque bajo es el que queda abajo. Esa carretera hasta hace muy pocos años la pavimentaron. Esa fue la carretera testigo de ese amanecer, de ese amor de hace 40 años. Un amor irresponsable, un amor que podría entenderse como atípico. Pero ese es el que me acuerdo hoy, y es muy especial porque fue hace 40 años. Cómo ha pasado el tiempo.
Un mensaje para ella
Quizás la persona que compartió conmigo ese amor ya no esté con nosotros, porque no volví a saber de ella. Entonces, si alguien que escucha este programa puede hacer algún tipo de sinergia, por decirlo de alguna manera, podrá comunicarle que hoy, en enero, hace 40 años; bueno, 39, porque este año es el que cumpliría 40 años de ese amor, que no fue en enero. Que alguien le comente que han pasado 39 años, más bien, y que existe un programa que se llama No hables para que me escuches, el podcast, que la está mencionando. Gracias. Soy Daniel Rueda Serrano.